mi hermana brenda.....

Enviado por Crhistian el 31/08/2007 a las 08:13 PM
Universitario
Querríamos tanto a Glenda
Nuestro columnista retorna por sus fueros y relanza su zaga de Galería de Notables de Unecelandia. Pozzo ha meditado serenamente y cree que le llegó nomás el turno a la múltiple Glenda Ousting: graduada estrella, militante exitosa y, por méritos propios, ya en los primeros pasos de la carrera judicial.

Jorge O. Pozzo


Retornamos a nuestra Galería de Notables de Unecelandia, y lo hacemos incorporando a una figura resueltamente juvenil, que ha ganado por derecho propio un lugar privilegiado en la selecta élite de grandes del reino: la de Glenda Ousting. Seguramente por inspiración de cierto cuento de Cortázar ?leído por obligación en épocas en que los adolescentes todavía hacían algún caso de profesoras de literatura invariablemente tilingas? en el inconsciente del cronista se había ido configurando una serie de semejanzas entre esta Glenda y la otra, la Glenda Carson (Jackson) del cuento y entre los motivos de los vehementes admiradores de ésta y la de los potenciales adeptos de la más cercana y autóctona Ousting.

Aunque alejada totalmente de protagonismos en el séptimo arte, nuestra Glenda ha descollado en el ámbito de los ciudadanos-estudiantes no sólo de su provincia, la de Vélez Sársfield, sino en el escenario mayor de Unecelandia, en el que ha conocido considerables triunfos y alguna que otra derrota. En primer lugar, los registros académicos del desempeño de Glenda son totalmente excepcionales: altísimo promedio y finalización de sus estudios en el tiempo estrictamente reglamentario. Esto, que posiblemente sea también el logro de otros jóvenes, en su caso resulta doblemente meritorio, pues como es sabido Glenda repartió siempre su tiempo entre el estudio y la militancia política en la llamada Juventud Morada, del que es hoy por hoy la referente más conocida en Unecelandia.

Hay que decir que no todas fueron rosas en el accionar político de nuestra Glenda. Aunque nacida evidentemente para triunfar, debió sin embargo sufrir alguno que otro revés, como el acaecido a fines de 2005. En ese entonces anhelaba Glenda culminar su carrera política accediendo a la presidencia de la Federación Unecelandesa de la Juventud (FUJ), que hasta ese momento detentaba otro dirigente de la Juventud Morada, que mediante artilugios varios había conseguido mantenerse allí mucho más tiempo de lo permitido por los estatutos de la propia FUJ. Cuando se hizo inviable postergar por más tiempo la renovación de autoridades, se convocó a un congreso normalizador de delegados juveniles de toda Unecelandia. Estos delegados, como sabrá el lector, adscriben a distintos grupos, entre los que se cuentan la propia Juventud Morada, el Himenerre ?llamado así por estar integrado sólo por vestales de la ética que pregona Sir Barracuda (o Sir Galpone)?, la Juntura ?que responde a la jefatura del ahora Príncipe Consorte Tamarindo? la pragmática Giga-Alianza, liderada por un plantígrado conocido como el Oso O?Ghea (Brutus Galenicus, L.) y un variopinto conjunto de grupos menores de izquierda.

Técnicamente, el grupo de Glenda, es decir la Juventud Morada, constituía la primera mayoría de ese congreso, aunque sólo por el exiguo margen de dos delegados (sobre más de trescientos), seguidos por la Giga-Alianza de O?Ghea. Al parecer, hubo acuerdo previo para que los Morados se alzaran con la presidencia y la Giga-Alianza con el siguiente cargo en importancia. Parece ser que entre gallos y medias noches los Morados maniobraron para marginar a las huestes de O?Ghea, lo que provocó las iras del irritable plantígrado, conocido por sus poquísimas pulgas y su afición a resolver disputas recurriendo antes a los puños que a la dialéctica. En resumidas cuentas, O?Ghea terminó ordenando a sus huestes votar para presidente a Pochito Butón, de La Juntura, haciendo añicos las aspiraciones de Glenda. Pese a su pureza revolucionaria, en ningún momento se vio a los jóvenes junturistas rechazar el aporte del pugilista O?Ghea, siguiendo en la ocasión el adagio latino ?pecunia non olet?, adaptado ahora a su versión ?los votos no tienen olor?. Principio que después aplicaría la actual soberana de Unecelandia para llegar al trono al frente de un ecléctico rejunte. La nominación de Pochito no pudo consumarse porque el presidente morado en ejercicio desapareció con el libro de actas del congreso, lo que impidió formalizar la voluntad popular, y dejó a Pochito apenas el paradojal consuelo de escuchar como los desaforados partidarios del plantígrado berreaban ?Butón, Butón, qué grande sos?, con melodía de una popularísima marcha política.

Aunque visiblemente apenada, hay que reconocer que Glenda mantuvo algo de la flema propia de su ascendencia británica, a diferencia de otras militantes moradas que, dejando de lado la delicadeza atribuible a la condición femenina, propinaron al perverso oso una retahíla de insultos calculada más para la tribuna barrabrava que para el paraninfo académico. Un año más tarde, vueltas las mayorías a su quicio, recompuestas las alianzas y algo disminuidas las huestes del irascible O?Ghea, pudo finalmente Glenda cumplir su sueño de convertirse en presidenta de la FUJ.

Perdonará el lector una breve digresión, que hacemos al solo efecto de constatar con tristeza cuánto se parecen, en su volatilidad y pragmatismo, las mudables alianzas de estos juveniles grupos a las de la ?sucia politiquería? que ellos critican en los adultos. Hoy por hoy, los jóvenes morados actúan aliados a sus antiguos rivales, La Juntura y el Himenerre, y entre todos gozan de las mieles del reinado de Karolyn I, a la que ayudaron a entronizar. Aparentemente, mientras haya puestos de lucha para ocupar, no surgirán conflictos entre ellos. Los problemas comenzarán, tal vez, cuando se agoten esos puestos o cuando surjan peleas por la distribución de la torta entre los adultos a los que responden. El tiempo lo dirá. Una cosa es clara: esta juventud constituye la ?reserva moral? de la política de Unecelandia y reinos vecinos: garantiza que la actual moral se perpetuará en el tiempo.

Volvamos a nuestra heroína, quien supo también representar a la juventud unecelandesa en el Supremo Consejo, conocido como la Herradura. Al obtener su título académico en Unecelandia, y debido a su excepcional promedio, tuvo Glenda derecho a optar por un puesto de trabajo en las cortes de justicia del vecino reino Cordubensis, establecido como premio para tales casos.

Al menos Glenda no será una carga para el tesoro real de Unecelandia, lo que también la hace sideralmente diferente de sus conmilitones.

Sin embargo, no deja de inquietar a sus admiradores una especie de inconsecuencia en la personalidad de Glenda, un perceptible desajuste entre lo que podríamos llamar sus potencialidades y algunas de las posiciones que asume en público. En declaraciones periodísticas Glenda se ha manifestado en duros términos acerca del nuevo sistema de estudios imperante en la provincia de Vélez Sársfield, lo que no deja de ser paradójico en alguien que ha cumplimentado tan bien las exigencias de dicho sistema y a la vez dedicado tiempo a la política juvenil del reino. Según Glenda, el nuevo plan es ?elitista? y sólo permite estudiar a los jóvenes de familias acomodadas, dado lo exagerado de sus exigencias. El soberano de esa provincia ha hecho gala de estadísticas que parecen demostrar lo contrario, o al menos que con el nuevo sistema hay un porcentaje de graduados muy superior al correspondiente al plan anterior. ¿No estará Glenda denostando al sistema sólo para captar votos de los menos propensos al estudio? Tan luego ella, que es un ejemplo de lo contrario. ¿Será lo que le exige su grupo político, como una forma de pedir disculpas por sus excepcionales condiciones y logros? Aunque probablemente esto nunca se aclare, una cosa es segura: tanto para la Glenda del cuento de Cortázar como para la nuestra, no es posible reunir perfecciones que contenten a todo el mundo.

Querríamos tanto a Glenda si por fin todos los dirigentes juveniles de Unecelandia fueran como ella en lo académico, y además no se avergonzaran de serlo. Querríamos tanto a Glenda si hubiera muchas más Glendas y sus contrapartes masculinos. Querríamos tanto a Glenda si no se pareciera tanto a tantos políticos de carrera. En fin, que querríamos tanto a Glenda si fuera simplemente todo lo que Glenda puede ser.



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